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De sembrar para sobrevivir a cultivar oportunidades para toda una comunidad

experiencia

Hace algunos años, trabajar la tierra en la comunidad de María Ruiz de la Provincia de La Altagracia de la República Dominicana significaba largas jornadas, recursos limitados y escasas opciones de crecimiento.

Hoy, la realidad es distinta. Ámbar Rijo lidera una iniciativa productiva que demuestra cómo el acceso a conocimientos, tecnología y acompañamiento técnico puede transformar vidas gracias al proyecto FAO Village, un esfuerzo conjunto entre la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la Dirección de Desarrollo Social Supérate y el Ministerio de Agricultura de la República Dominicana. Con la iniciativa, más de 200 mujeres rurales de la región han fortalecido sus capacidades en producción sostenible, nutrición, comercialización e innovación agrícola.

“Antes era muy difícil. Se trabajaba de sol a sol, sin muchas herramientas ni acompañamiento. Ahora contamos con conocimientos, asistencia técnica y mejores condiciones para producir”, comenta mientras observa las hortalizas que crecen bajo las estructuras protegidas construida en la comunidad.

Lo que comenzó como una actividad de subsistencia se ha convertido en un emprendimiento colectivo que produce lechugas, apio, espinaca, rúcula, tomates y otros vegetales de alta demanda. Para asegurar la continuidad del negocio, las productoras cuentan con dos casas sombra que les permiten mantener el ritmo de cosecha durante gran parte del año y así responder a las exigencias del mercado.

"Esta iniciativa ha sido una gran motivación para seguir creciendo, tanto en lo personal como en lo profesional. Gracias a esta experiencia retomé mis estudios, que había tenido que dejar en pausa. Actualmente curso la carrera de Agroecología y, además, realizo un diplomado en Liderazgo, Género y Participación Sociopolítica, además de los cursos realizados en fortalecimiento de la asociatividad y el cooperativismo”, comenta Ámbar, agregando que “todo esto lo hago para honrar la memoria de mi madre, quien fue mi mayor inspiración y me enseñó a sentir orgullo por ser una mujer agricultora".

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Para Anacleta Jiménez, presidenta de la Asociación de Mujeres Productoras de Jagua mocha, el proceso también ha significado organización, aprendizaje y mayor confianza para las mujeres rurales. “A nosotras nos ayudaron a conocer el valor de estar organizadas. Aprendí que, si a la tierra le aplicamos abonos orgánicos, podemos producir alimentos sanos. Eso antes no lo sabía”, afirma.

Sin embargo, el impacto va más allá de la agricultura convencional. El proyecto dispone de 14 geotanques destinados a la crianza de peces para la comercialización local. Además, las mujeres han incorporado prácticas sostenibles mediante una compostera para la producción de biol, un fertilizante líquido orgánico obtenido mediante la descomposición con oxígeno de materia orgánica, un biodigestor que genera biogás y biofertilizantes, optimizando los recursos disponibles y reduciendo los costos operativos.

Como parte del fortalecimiento de esta unidad productiva, las mujeres rurales han recibido infraestructura y acompañamiento técnico para mejorar sus procesos agrícolas, incluyendo casas sombra, sistemas de riego por goteo, banco de plántulas, estanques piscícolas y herramientas orientadas a fortalecer la producción y la comercialización.

La iniciativa forma parte de los esfuerzos de la FAO para promover la agricultura familiar como una vía para mejorar los medios de vida rurales, fortalecer la participación de las mujeres y generar oportunidades económicas mediante modelos productivos sostenibles.

Gracias al impacto directo de este proyecto y al notable crecimiento de su unidad productiva, Ámbar Rijo viajó a Roma, Italia, para representar a las productoras rurales dominicanas en la conmemoración global del Día Mundial de la Alimentación 2025. En la sede central de la FAO compartió su experiencia como un ejemplo vivo de cómo la agricultura familiar y la innovación transforman los sistemas agroalimentarios.

De vuelta en su tierra, los resultados comerciales respaldan ese reconocimiento: actualmente sus productos abastecen a destacados hoteles de Bayahíbe y Punta Cana, así como a supermercados y colmados comunitarios de la región Este, elevando significativamente la calidad de vida de sus familias.

A pesar de los avances, los desafíos persisten. El acceso al financiamiento sigue siendo una de las principales limitaciones para expandir la producción, mientras que conciliar las responsabilidades del hogar con el trabajo agrícola requiere un esfuerzo constante. Frente a esto, el grupo ya impulsa un proyecto agro-ecoturístico que conectará la actividad del campo con el dinamismo turístico de la zona.

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Más allá de los indicadores agrícolas, el mayor logro de esta iniciativa ha sido el empoderamiento: hoy estas mujeres participan en la toma de decisiones, gestionan recursos y planifican el crecimiento de su negocio con visión de futuro.

“Estamos armando una empresa en el campo”, afirma Ámbar con una sonrisa, reflejando el sentir de una nueva generación de mujeres rurales que no solo producen alimentos, sino que transforman economías locales y construyen un futuro más próspero.

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Fuente
FAO